ESCRIBIR POESÍA. ENTRAR AL
BOSQUE POR EL ESPACIO MÁS OSCURO.
Se ha de entrar al bosque por el espacio más oscuro sin sendero. Silencio y atención. Es el principio.
Muchas veces entiendo a la poesía como la
posibilidad de la construcción de un sendero. Un sendero hacia el centro de sí.
Una, digamos así, forma de conocimiento. Un sendero en el que caen todos los
disfraces. Un sendero que paradójicamente ya está trazado, no en los términos
de predestinación, está trazado mas no descubierto. Descubrir es develar ,
correr el velo y, esta íntima tarea, es vivir. Develar el sendero que conduce
al Ser, posibilidad de vivir una vida un tanto más cierta y para ello la poesía
abre esa real posibilidad. En una época de disolución como bien nos señala
Evola en Cabalgar el tigre, ¿dónde están los puntos de apoyo para quienes en el
orden de cosas ofrecido que es el mundo actual no encontramos ninguno? En este
sentido ha sido para mí la poesía, la revelación de un sendero en la parte más
oscura del bosque. Una posibilidad tangible de conocimiento tanto del mundo
exterior como de sí. Un sendero de vía doble es la poesía.
En una época de disolución como lo es la
época que nos toca transitar, la misma poesía se ve “trastocada”, por decir de
algún modo de su origen o principio. ¿Cuál es su origen? La puesta en palabras
ante el asombro de ser. El acto de nombrar las cosas por vez primera. El relato
mítico que está en el origen de los
tiempos de este sueño nuestro de transcurrir. Todas las teogonías escritas,
intuidas por el hombre con todos sus símbolos. Todo eso, entiendo así, forma
parte del origen o principio del poetizar. La poiesis griega. Creación. No ver en esto que menciono un apego
innecesario a una especie de conservadurismo de motivos o formas puras e inamovibles.
Hablo de un espíritu de época que ya he definido siguiendo a Evola como de
disolución y que en el plano de la poesía también alcanza sus presupuestos.
Es muy
fácil constatar la proliferación de un “facilismo” en la escritura de poesía en
la época actual. Una búsqueda efectista en muchos casos. Me refiero a una
escritura de poesía reafirmada únicamente en la autoafirmación de una identidad
y, a partir de ello, de la importancia que tendría para ese tipo de escritura
de poesía, la expresión libre de las emociones de su autor como un eje central
en la producción literaria.
Quisiera contraponer a esta actitud de
quien escribe poesía hoy inmerso en el espíritu de la época y en concordancia con
los puntos de apoyo que la misma época propone y que a mi modo de ver son: la
exacerbación creciente de un sentimiento de individualidad, que no
individuación, la creencia o la auto convicción de que el arte es únicamente
la expresión de los sentimientos y vicisitudes que le ocurren a un pequeño yo,
y, por último, sin que por ello la lista termine aquí, la negación de todo
sentido de trascendencia en el hacer artístico y en la vida en general.
Antes de proseguir con la exposición de
mi idea sobre estas dos maneras de llevar adelante el trabajo poético voy a
destacar la definición de dos conceptos que están presentes en este pequeño
ensayo y que forman parte del suelo donde crecen estas ideas. Uno es Tradición,
para este concepto voy a tomar la definición que ofrece Julius Evola en
Cabalgar el tigre, recordemos que Tradición viene de traditio que es: dar a través; es aquello que se transmite y
permanece “vivo” en el tiempo y que podríamos decir un “saber primordial”; y el
otro es Trascendencia, de este último ensayaré yo mismo una definición.
Tradición: “Esta expresión es
usada aquí en un significado específico (…) que es divergente con el común y se
acerca en cambio a las categorías usadas por alguien como René Guénon en el
análisis de la crisis del mundo moderno. De acuerdo a esta particular acepción
de tal término, una civilización o sociedad es “tradicional” cuando está regida
por principios que trascienden aquello que es tan sólo humano e individual,
cuando cada dominio propio es formado y ordenado desde lo alto y hacia lo alto
más allá de las variedades de las formas históricas debe distinguirse una
esencial identidad o constancia del mundo de la Tradición”.
Trascendencia: Toda aquella
intuición racional de que el mundo que habitamos es la proyección de un orden
mayor. La existencia y manifestación de un eje vertical trascendente del ser y
un eje horizontal inmanente físico-biológico del ser. Afincándose esta noción
de trascendencia como piedra angular de todas las manifestaciones llamemos
“sagradas” que el ser humano ha concebido a lo largo de su marcha sobre el
mundo y que han sido esenciales para conformar las más antiguas y consolidadas
espiritualidades que han religado este saber intuitivo. Más allá, claro está,
de sus particulares manifestaciones en el tiempo y en las distintas regiones y
climas del globo.
Queda planteada así esta distinción, por
un lado una escritura de poesía que se rige por la libre expresión de los
sentimientos de su autor, de reflejar las vicisitudes de esa vida, expuesta en
sus versos de manera literal y en la que la Imaginación está ausente. Entiendo
este tipo de escritura poética afín a los tiempos modernos, en concordancia con
aquellos aspectos centrales de la época y que son la disolución y anulación de
todo sentido de trascendencia y la remarcación de que la vida del ser humano
está únicamente regida por el plano horizontal físico-biológico de ésta. En
contraposición una escritura de poesía que sobrepasa la ya mencionada libre
expresión de sentimientos. Una escritura de poesía donde la Imaginación está
presente y que entraña un saber, una verdad que está sostenida por la forma
poética particular; en palabras de don Julio Balderrama, que “todo texto
poético tiene cierta verdad sobre el objeto” y pensar “al poeta como transmisor
de un determinado contenido objetivo enriquece la interpretación del texto
porque no estamos frente a cómo Fulano o Mengano ven tal o cual cosa sino
frente a la cosa misma en una de sus múltiples e infinitas perspectivas”. Este tipo
de hacer poético lo vinculo con las premisas del mundo de la Tradición. Una
noción del eje vertical que forma parte de la manifestación del ser. La
inmanencia como un aspecto de la trascendencia.
INTERNARSE EN EL BOSQUE
Entiendo aquel arte que concuerda con la
Tradición como aquel arte que sobrepasa esa mera expresión de, como ya
mencionara antes, la libre expresión de los sentimientos y vicisitudes de un
diminuto yo. Arte que corresponde y abunda en estos tiempos de disolución. Este
arte del que hablo no es necesariamente un arte sacro, mas no rehúye de esos
principios y categorías que representan en sí mismos los conceptos de sacro o mítico o sagrado. Es un
arte que despojado ya de la aparente necesidad de expresar la mera
subjetividad, de ese mandato moderno del “exprésate”, “expresa lo que sientes”,
sea o no sacro éste arte en su forma o en su contenido tiene un anclaje en la
conciencia de un sentido de trascendencia de la vida. El artista intuye, aun siendo su vida en todos
los planos de manera secular, el artista intuye un eje vertical de la
existencia del ser. Entraña una verdad, como mencionara Balderrama. De este
arte distingo dos vías: una de ellas es la vía expresiva, lo que efectivamente
nos llega como observadores, lectores, oyentes, y que incluye la expresión
estética del artista; pero así también, es distinguible una segunda vía que
opera en el artista y en el espectador, lector u oyente de distintas maneras.
En el caso del artista es una vía íntima y que se acercaría a la idea de
conocimiento. El artista se conoce a sí mismo, entiende-comprende un poco más
su ser, intuye un poco más la realidad de su ser en la poiesis, en la propia actividad artística. En el espectador, lector
u oyente ocurre algo muy similar pero como la intuición o captación de una
verdad que está más allá del mundo subjetivo del artista y de él mismo y que es
operativa si se conserva una apertura a ello en sí mismo.
Vuelvo a la idea principal y que es
escribir poesía como quien se interna en el bosque (propio) por el espacio más
oscuro y sin sendero y que comprende para mí esta segunda vía, la del
conocimiento tanto del mundo exterior como de sí mismo a través de la actividad
artística, en este caso, escribir poesía.
Esta imagen de internarse en el bosque me
viene de los cuentos artúricos y la leyenda del grial. Recordemos que en su
inicio el relato del grial, Chretien de Troye, lo importante recaía en la
pregunta de a quién se servía con el grial y aquella otra compasiva inquietud
por la herida del rey pescador, del rey tullido de la tierra baldía. Más
adelante en las distintas continuidades de los relatos del grial y las leyendas
artúricas se pasa, como bien advierte Victoria Cirlot en Grial poética y mito,
se pasa a la inquietud por el saber y por la visión del grial. Y es así que
parten los caballeros internándose en el bosque por el espacio más oscuro y sin
sendero. Es esta búsqueda de la visión del grial y de conocimiento una búsqueda
de sí. El bosque es símbolo tradicional del mundo interno propio, recordemos a
Dante en el inicio de la Divina Comedia, mundo interno con sus zonas de
claridad y de oscuridad en nosotros mismos.
Es de esta manera que entiendo el acto de
escribir poesía. Internarse en el bosque propio. Silencio. Internarse de esa
manera en el bosque propio mas no sea a la espera de la palabra poética es una
apertura al conocimiento. Sabemos que en el momento de pensar por qué
escribimos los versos que escribimos y no otros o de explicarnos a nosotros
mismos por qué esa palabra y no otra en
el poema, muy bien sabemos que no hay respuestas a esas preguntas. El poeta, la
mayor de las veces, no sabe por qué escribe lo que escribe. Volvamos a la
apertura al conocimiento. Cito a don Julio Balderrama: “La poesía es uno de los
instrumentos metodológicos de conocimiento del mundo, de los misterios del ser,
en cualquiera de sus aspectos, incluso en sus aspectos más triviales”.
Vemos aquí una oposición radical a
aquella otra concepción moderna de la poesía centrada en la expresión subjetiva
y libre de los sentimientos y vicisitudes de un yo y que está tan en boga en
estos tiempos.
POESÍA Y CONOCIMIENTO
Ya está planteada esta oposición y es a
vista distinguible. Quisiera ahora desarrollar esta idea de la poesía como
conocimiento y para ello vuelvo a Balderrama y debo decir, es una de las
fuentes principales de donde bebo para la presentación y el desarrollo de estas
ideas. Nos dice don Julio: “La intuición poética apunta a las esencias porque
estas son desgajadas de la realidad concreta en un concepto (…) hay un acto
cognoscitivo de la inteligencia por vía no racional sino intuitiva, que “por
debajo” y “dentro” del objeto reconoce, digamos, su esencia platónica y esto es
una forma rudimentaria de intuición intelectual, acompañada de ese deleite de
absorción absolutamente inefable que toda intuición intelectual procura…Esto no
quiere decir que la poesía aprehenda la esencia última y total de la cosa, la
plenitud de su gloria…Diremos entonces que la inteligencia poética es una forma
de inteligencia intuitiva”.
Tenemos por un lado que el signo de los
tiempos, de estos tiempos de disolución promueve o, tal vez podamos decir,
deviene un arte de disolución. Una pereza intelectual en la insistencia de
puramente manifestar los sentimientos propios, de expresarse por medio de esa
vía estrecha. Este mundo moderno de disolución está signado por la negación de
todo sentido de trascendencia en la vida y la remarcada intelección de un
devenir horizontal en el plano físico-biológico del ser en el tiempo,
promoviendo a su vez un sinsentido existencial, una náusea de la nada, un
vacío, el nihilismo característico de la modernidad anulando de esta forma el
plano vertical de la existencia. Un mundo así propone un arte así.
Hay también una relación en la poesía que
entiendo como una relación de descubrimiento. Con los años he moldeado mi
propia relación con las palabras, esto en un plano del trabajo poético a
conciencia, quiero decir, dirigido con una voluntad de hacer. En este plano del
trabajo poético incluyo la búsqueda íntima de un modo de decir, el trabajo con
la palabra, la acumulación de lecturas, de conversaciones y pensar sobre poesía, todo ello hace al
trabajo sobre una estética de un modo de decir poético; hay, sí, también, otra
parte del trabajo poético que yo lo asimilo a algo así: saber estar en
silencio. Esto no es sentarse a meditar o irse al desierto, al contrario, se
trata de estar lo más en donde se está, si se quiere, un cultivo de la
atención. Esta actitud del artista es la que asimilo con la imagen de
adentrarse en el bosque propio por el espacio más oscuro y sin sendero. A este
hacer lo relaciono con un vínculo consciente o no con el mundo de la Tradición,
con el sentido de trascendencia y con la poesía como conocimiento.
Está claro que en aquella poesía donde
predomina la expresión porque sí, sin más, y que es propia de estos signos de
los tiempos; la Imaginación tiene, por así decirlo, un vuelo muy corto. No hay
una operación de conocimiento ni en quien así escribe poesía y por ende tampoco
en quien la lee. Al respecto nos dice Balderrama: “Claro que la poesía es
expresión, pero lo que importa no es que sea expresión, lo que importa es que
sea ese modo de acercamiento al ser, una forma absoluta de acceso que le es
propio y que ningún otro tipo de actividad humana puede suplir”.
La poesía como conocimiento. Tenemos por
un lado el conocimiento de lo singular a través de la percepción de los
sentidos. Por otro, hemos de destacar, que abunda el prejuicio de que es el
conocimiento racional, positivo y científico, el conocimiento por antonomasia.
Las distinciones de este conocimiento son universalidad
y objetividad. A muy grandes
rasgos podemos decir que conocer es la relación de interioridad y asimilación que
se establece entre un objeto y un sujeto y donde a su vez puede ese objeto ser
otro sujeto o también el sujeto mismo. Así lo advierte don Julio: “de este modo
puede darse cuenta del término conocer,
desde el uso característico bíblico (Abraham conoció a Sarah, su mujer) pasando
por el conocimiento sensible, y el conocimiento racional, hasta el
conocimiento, digamos, místico y el conocimiento que de sí tiene Dios según la
teología”. Por otra parte hemos mencionado también aquí la inteligencia poética
como inteligencia intuitiva. Es reconocible la sensación de dar con cierta
verdad u orden a través de la belleza cuando en medio del silencio (estemos
haciendo lo que estemos haciendo), de la atención íntima, somos sorprendidos
por la aparición de la música de un verso; casi como si el aire hablara en
música, ¿no es cierto?, e inmediatamente sentimos vibrar en el aire la
intelección a su vez del sentido que trae y entonces comienza como en un
torrente a desplegarse la escritura del poema. El poema mismo se va develando
ante el poeta en ese hacer. De ese orden de intelección es a lo que aquí hago
referencia.
Tiene entonces la poesía, como se
mencionó ya, un modo de acceso al ser, un modo que le es único y que ninguna
otra actividad humana puede suplir. ¿Tiene esto algo que ver con la mera
expresión de sentimientos en lo que refiere al hacer poético? Claro está que
no. Esto, al menos así lo entiendo, está más en el orden de la intelección
intuitiva, que es, también, un forma de conocimiento. Este comportamiento, esta
entrega en el hacer poético está, a mi modo de ver, en el orden del mundo de la
Tradición.
El
desierto crece, ay de aquel que albergue desiertos. El mundo moderno,
mecanizante, autómata, cada vez más tecnocrático, homogeneizante se expande
como un desierto en todas las esferas del ser. En el caso de la poesía, en la
difusión, proliferación, premiación de una poesía, que por decir lo menos, no
deja de estar centrada en la expresión de sentimientos de un yo. Esta poesía,
como ya dijimos, es premiada en concursos, tiene editoriales a disposición y la
misma es políticamente correcta, además.
Siendo pocas en esta vida aquellas
fronteras últimas que resisten los embates de la modernidad, debemos, quienes
consideramos al arte como una vía de aproximación a la dimensión trascendente
de la vida, al menos hacer estas distinciones. Aquella escritura de poesía que
demande una activa Imaginación por parte del lector va a una velocidad distinta
de aquella otra escritura de poesía que no demanda nada a la Imaginación del
lector.
En determinado momento hice mención de
que una característica del sentido de trascendencia es aquella intuición
racional de que el mundo que habitamos y captamos con nuestros sentidos es la
proyección de un orden mayor a éste. Quiero recordar a Evola en sus palabras:
“El otro mundo atacado por el
nihilismo europeo, presentado por este como pura ilusión y condenado como una
evasión, no es otra realidad; es otra
dimensión de la realidad, aquella en donde lo real, sin ser negado, adquiere un
significado absoluto, en la desnudez inconcebible del ser puro”.
En el hacer poético al que nos hemos
estado refiriendo y que relacionamos con categorías y principios del mundo de
la Tradición, la Imaginación es activa. No es aquí la Imaginación entendida,
como muchas veces se cree, dar rienda suelta de las ilusiones y fantasías a
capricho, no, la Imaginación tiene la capacidad de montaje, como nos lo
recuerda Victoria Cirlot, “descubre relaciones allí donde la observación directa
es incapaz de discernir”.
Siguiendo a Balderrama decimos que la
poesía encarna una verdad a la que podemos acceder mediante la Imaginación
activa en la lectura del poema. Esta verdad está como inmersa en la forma y
estructura del poema y lleva en sí una de las múltiples e infinitas
perspectivas de la totalidad del ser. “El hombre está inmerso en el misterio
del Ser. “Ser” es, precisamente, ese trasfondo misterioso que subtiende y
envuelve la condición humana…el misterio a diferencia del enigma, es
inagotable. No porque no sea penetrable a la razón o a la intuición, sino
porque es indefinidamente penetrable, sin poderse nunca llegar a su fondo”.
Frente a un poema la pregunta no es qué
quiso decir el autor, sino más bien, qué nos dice a nosotros “que sea válido
para el enriquecimiento de nuestra experiencia, de nuestra visión del mundo”.
Mientras pensaba y escribía sobre estas
cosas recordé dos poemas de Juan Laurentino Ortiz, el gran poeta entrerriano.
CREPÚSCULO EN EL CAMPO DE GUALEGUAY
Nada más que un sueño amarillo
que se va entre los talas
detrás de un vuelo bajo y
encendido de verdes.
La luz es una nostalgia que
alarga sus suspiros hasta las lejanías.
Los cardales secos, aéreos, de
qué color?
Este paisaje es mi alma y será
siempre mi alma.
Un espejo infinito para el
cielo.
Sabéis, mis amigos, ahora, la
causa de mi vaga tristeza?
Frente a este poema y con todo lo que
hemos dicho, ¿qué decir?, ¿qué tiene para decirnos?, ¿cuál es la verdad que
entraña? Leámoslo detenidamente verso a verso. Es perceptible, ¿no es cierto?,
una delicada y bella intuición de que la vida es sueño o si acaso, una fuga
sensible en el tiempo. De la irremediable finitud del ser, esa lenta fuga de
todo lo que vive. ¿No hemos sentido así nosotros en algunas tardes en que
nuestro ánimo en concordancia con el paso lento de la luz, nos da esa intuición
de que toda vida es un transcurrir? ¿Cuál es entonces la verdad que trae este
poema y que nos habla a nosotros sus lectores?
Nada
más que un sueño amarillo que se va entre los talas/ detrás de un vuelo bajo y
encendido de verdes. Con estos dos primeros versos el poeta sitúa su
intuición. Algo que es un sueño amarillo que se va entre los árboles y que es
eso nada más y se marcha así detrás de un vuelo bajo y encendido de verdes.
Pensamos entonces en un paisaje al atardecer, en la puesta del sol. Vemos en
ese irse lento de la luz uno de los rasgos del ser. Y casi que no importa qué
quiso decir el poeta. Nosotros nos reconocemos en ese primer gesto, reconocemos
en él una verdad primordial de que vivir es también una fuga hacia la muerte y
así la vida propia y así todo el bello paisaje que se despliega ante nosotros.
¿Se refiere al sol?, ¿es una metáfora de la vida y la finitud de las cosas?
Poca importancia tiene, mas sí hemos de atender a cómo resuena en nosotros esa
verdad. Es entonces cuando pueden ser cualquiera de esas cosas mencionadas, el
sol, el paisaje, la vida, mas la verdad que entraña el poema está ahí, y está
delicadamente expresada en palabras que forman bellas imágenes y nos es
devuelta, como una verdad reconocible a nosotros sus lectores. Pareciera
reafirmarse esa intuición de huida sin fin y que sabemos nosotros reconocer en
los atardeceres, decía, pareciera reafirmarse en este verso: la luz es una nostalgia que alarga sus
suspiros hasta las lejanías. ¿Sabemos reconocer en nosotros esa intuición
de finitud? ¿Nos ha asaltado esa como “nostalgia” en el paso lento del
finalizar del día y la luz? El poema continúa: Los cardales secos, aéreos, de qué color? Ya no se distinguen en la
huida de la luz. Parecieran incluso estar suspendidos. Este paisaje es mi alma y será siempre mi alma. / Un espejo infinito
para el cielo. Esta es la profunda intelección del poeta, aquí reconoce su
verdad en concordancia con el paisaje, el atardecer y todo lo demás. Su verdad
está abierta para él, él mismo es el primer sorprendido de la captación plena
de ese sentimiento que lo embarga. ¿Cuántas veces no nos hemos sentido así
nosotros? Es ese “deleite de absorción absolutamente inefable que toda
intuición intelectual procura”. Y al primero que le ocurre eso es al poeta
mismo cuando todavía está en la plena búsqueda de las palabras para decir. De
ahí que afirme que es su alma “un espejo infinito para el cielo”. Casi como una
sensación que surge en nosotros cuando encontramos las palabras adecuadas a la
emoción que nos embarga, o a veces que ni sabíamos que era así, sino que es en
esa ordenación de palabras que nos es revelada esa intuición y algo en nosotros
se aclara o se acomoda, por así decir. El poema termina sabéis, mis amigos, ahora, la causa de mi vaga tristeza? Una
pregunta dirigida a sus amigos (¿otros poetas?) y que es a la vez una
afirmación para sí mismo. Una verdad y que es, al mismo tiempo, una leve
nostalgia que llevamos dentro.
Y luego está este otro poema del mismo
autor y que es uno de sus poemas más reconocidos.
AH, MIS AMIGOS, HABLÁIS DE
RIMAS
Ah, mis amigos, habláis de
rimas
y habláis finalmente de los
crecimientos libres…
en la seda fantástica que os
dan las hadas de los leños
con sus suplicios de tísicas
sobresaltadas
de alas…
Pero habéis pensado
que el otro cuerpo de la
poesía está también allá, en el Junio de crecida,
desnudo casi bajo las aguas
del cielo?
Qué haríais vosotros, decid,
sin ese cuerpo
del que el vuestro, si frágil
y si herido, vive desde la “división”,
despedido del “espíritu”, él,
que sostiene oscuramente sus juegos
con el pan que él amasa y que
debe recibir a veces,
en un insulto de piedra?
Habéis pensado, mis amigos,
que es una red de sangre la
que os salva del vacío,
en el tejido de todos los
días, bajo los metales del aire,
de esas manos sin nada al fin
como ramas de Junio,
a no ser una escritura de
vidrio?
Oh, yo sé que buscáis desde el
principio el secreto de la tierra
y que os arrojáis al fuego,
muchas veces, para encontrar el secreto…
Y sé que halláis la melodía
más difícil
que duerme en aquellos que
mueren de silencio,
corridos por el padre río,
ahora, hacia las tiendas del viento…
Pero cuidado, mis amigos, con
envolveros en la seda de la poesía
igual que en un capullo…
No olvidéis que la poesía,
si la pura sensitiva o la
ineludible sensitiva,
es asimismo, o acaso sobre
todo, la intemperie sin fin,
cruzada o crucificada, si
queréis, por los llamados sin fin
y tendida humildemente,
humildemente, para el invento del amor…
Comencemos por aquello que en el poema
nos asalta de inmediato en la lectura. Vemos que hay un yo-lírico que interpela
a otros a quienes llama “amigos” y que intuimos sean también poetas: Ah, mis amigos, habláis de rimas / y habláis
finalmente de los crecimientos libres… Se suceden una a otra las
interpelaciones en el poema, acompañadas éstas de bellas imágenes, por cierto: Habéis pensado, mis amigos, / que es una
red de sangre la que os salva del vacío…? Hay en las interpelaciones sobrevolando la presencia
de la compasión. Es la compasión el suelo en donde crecen las preguntas del
poeta dirigidas a sus amigos, otros poetas éstos. La vemos aflorar en el poema:
Oh, yo sé que buscáis desde el principio
el secreto de la tierra hasta la delicada y compasiva, no por ello menos
importante, advertencia final en el poema en la última estrofa.
¿Qué otra dimensión cobra el poema cuando
pensamos en el poeta como el transmisor
de un determinado contenido objetivo, una mirada de las múltiples
perspectivas del ser? Como bien nos señala Balderrama. Nos es evidente entonces
que el poeta sostiene una mirada de la poesía que precede y trasciende al poema
escrito. Nos advierte que la poesía es también estar presentes en la intemperie
sin fin y que tengamos cuidado de envolvernos en ella como en un capullo. ¿Para
qué esa advertencia? ¿a qué se debe su importancia? Estar presentes en la
intemperie sin fin, eso es para mí, la máxima atención en el mundo y en el para
sí. Un estado de caza: Se escribe un
libro cuando se ha determinado algo que debe ser descubierto. No se sabe qué es
ni dónde está, pero se sabe que es necesario encontrarlo. Entonces empieza la
caza. Se empieza a escribir. Esto nos dice Roberto Calasso en El Cazador
Celeste. Algo así pienso cuando leo eso de que la poesía es estar en la
intemperie sin fin. Estar alerta. ¿Será acaso la advertencia de no envolvernos
en la poesía como en un capullo cierta relajación y pereza del espíritu?
¿Cierta comodidad? Es posible, al pensarlo así, reconocer en ello cierta verdad
primordial y que vale para muchos ámbitos de la vida. Una relajación excesiva
de la atención ablanda la templanza del espíritu. El poema en su forma y en su
estructura es soporte de transmisión de una verdad que el poeta intuye, entre
otras cosas, claro. ¿No hemos sentido nosotros, amigos, o tal vez deba decir,
intuido, que la poesía precede y trasciende al poema? ¿que está ahí siempre
como por aparecer? ¿no nos exige la poesía atención? ¿saber callar? ¿ingresar
al bosque por el espacio más oscuro?
Advierte el poeta esas dimensiones de la poesía, dimensiones que como ya
dije, trascienden al poema. El poeta intuye esto y madura su intuición con la
práctica, la entrega y su voluntad de hacer y todo ello en el paso del tiempo.
Y quiero señalar esto: ¿y para qué es la poesía esta intemperie sin fin? Que es
como decir cultivar una íntima atención donde quiera que se esté. ¿A qué este
saber estar en el silencio? Y nos responde: “para el invento del amor”.
Decíamos que sobrevuela constantemente al
poema la presencia de la compasión. Se percibe tanto en las interpelaciones que
se repiten en las distintas estrofas y se percibe sobre todo en la estrofa
final. Esto, entiendo, forma parte de la intuición del poeta y está en el poema
para ser transmitido así, como las imágenes, la musicalidad de los versos, las
bellas metáforas. El poema transmite algo esencial. Es ese saber que la poesía
es de una dimensión, también, que excede lo meramente literario sin jamás
prescindir de ello. Tiene el poema aquello que don Julio destaca y que es: “ese
arraigo existencial que tiene la poesía para el mismo que la recibe”.
UN ÚLTIMO CLARO DEL BOSQUE
Hay una dimensión de la poesía que
refiere a la captación intelectiva de una verdad esencial, no de la totalidad
revelada de esta verdad pero sí una posibilidad más entre otras como la
filosofía, por ejemplo. Un camino de conocimiento. Hemos hablado también a modo
de contraposición a ésta de esa otra noción moderna de la poesía como la
expresión de sentimientos y vicisitudes propias de un diminuto yo, y a esta
noción la hemos identificado con el mundo moderno, un mundo en disolución. Frente
a este mundo en disolución vemos el mundo de la Tradición del que conocemos aquello
que se conserva como sophia perennis y
del cual no quedan instituciones referentes en el mundo exterior y sólo nos
queda un camino de conocimiento y de cultivo de sus fundamentos en la propia
persona. Se ha mencionado aquí también los conceptos de trascendencia y
Tradición y las nociones de la manifestación del ser tanto en el plano vertical
de intelección de las esencias, logos,
como en el plano horizontal de la manifestación del ser que tiene que ver con
el plano físico-biológico. Estos son algunos de los presupuestos que rondan
este ensayo de ideas. Tradición, traditio,
es “dar a través” es una donación que
hay que mantener viva, es una antorcha que se trasmite de uno a otro pero hay
que mantenerla encendida”. Nos dice Leandro Pinkler. SOPHIA PERENNIS. Buscamos cierta esencialidad en el mundo y en la
vida propia y esto atañe a todas las actividades del hombre y una de éstas es
la poesía. No hemos buscado ser originales ni mucho menos agotar un mundo de
ideas que permanecerán, por suerte, siempre vivas y vibrantes suscitando
inquietudes y pensamientos nuevos. Siguiendo a Eliseo Diego: sirvan entonces
los poemas para ayudarnos a atender como nos ayudan el silencio y el cariño.
Eso, estar en la intemperie sin fin. La poesía.

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